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Taller «Dar voz al silencio»
Buenos días, Soy Nuria Mallol y soy terapeuta, acompaño en consulta, en procesos emocionales y desbloqueo de traumas mediante los códigos Arquetípicos. También soy superviviente de trauma pues en mi infancia sufrí acoso escolar y abuso sexual.
Mi formación bebe de diferentes fuentes, pero lo que mas me inspira a la hora de trabajar con las personas que vienen a consulta, es mi propia experiencia personal. Es cierto lo que dicen, que no hay mejor escuela que la vida.
Mi experiencia en la infancia y adolescencia, me ha hecho habitar lugares de dolor e incomprensión en su momento, en unos años, en que el trauma, el abuso, el bullying y las experiencias infantiles adversas, no estaban en el lenguaje colectivo. Por ello, aún tenía menos recursos para identificar y superar todo que que conlleva una infancia con abusos.
Soy madre de dos hijos. Como madre, terapeuta y superviviente, creo que es imprescindible, evitar y no pasar por alto el Acoso Escolar ni los abusos sexuales.
Creemos que esto no nos pasara a nosotros, ni a nuestros hijos, y por desgracia, es un tema más habitual de lo que pensamos o creemos.
En la era tecnológica, de las fotos buen rollistas y los selfies, a la parte de lo invisible e incómodo, como el sufrimiento, no se le da el lugar que le toca, y a veces, cuando se le da voz, es demasiado tarde.
Desde mi experiencia, cuando doy voz a mi vida y cuento la historia de la niña que sufrió abusos desde los 3 hasta los 5 años y del acoso que también me acompañó durante gran parte de mi escolarización, la comprensión en los que me escuchan se hace más profunda y empática.
A veces, también sucede, que otras víctimas de trauma y abusos, al escucharme, se atreven a hablar.
Mi objetivo, con el taller Dar voz al silencio es por tanto doble: Por un lado concienciar de los daños tan profundos que el acoso escolar y los abusos dejan en las personas y por otro, intentar desbloquear el silencio de aquellos que me estén escuchando y estén pasando por lo mismo que yo pasé.
¿Por qué es importante el taller?
El trauma sucede cuando una experiencia intensa afecta a una persona imprevisiblemente, como si le hubiera caído un rayo; le abruma, dejándola alterada y desconectada de su cuerpo y de su mente. Cualquier mecanismo de afrontamiento que la persona pueda haber tenido queda socavado, y se siente completamente impotente. Es como si alguien la hubiera derribado. El trauma también puede ser el resultado de un miedo y de una tensión nerviosa continuos. Las respuestas al estrés a largo plazo desgastan y causan erosión en la salud, vitalidad y confianza.
El trauma es la antítesis del empoderamiento. La vulnerabilidad al trauma es diferente en cada persona y depende de diversos factores, especialmente la edad, la calidad de una vinculación afectiva temprana, del historial de trauma y de la predisposición genética. Cuanto más pequeña sea, más probable será que se abrume con hechos comunes que podrían no afectar a un niño mayor o a un adulto. Habitualmente se cree que la gravedad de los síntomas traumáticos es equivalente a la gravedad del suceso. A pesar de que la magnitud del factor estresante claramente es un factor importante, no define el trauma. Aquí, la resiliencia es de suma importancia. Además, «el trauma no reside en el suceso en sí, sino [su efecto] en el sistema nervioso». La base del trauma de «un suceso único» (en contraste con la negligencia y el abuso continuos) es principalmente fisiológico, más que psicológico.
A lo que me refiero con «fisiológico» es a que no hay tiempo para pensar cuando nos enfrentamos a una amenaza; por lo tanto, nuestras respuestas primarias son instintivas. La función principal de nuestro cerebro ¡es la supervivencia! Estamos programados para ello. En la base de una reacción traumática está nuestra herencia de 280 millones de años; una herencia que reside en las estructuras más antiguas y profundas del cerebro. Cuando estas partes primitivas del cerebro perciben un peligro, automáticamente activan una extraordinaria cantidad de energía, como la descarga de adrenalina.
Esta insondable energía de supervivencia que todos compartimos suscita un corazón palpitante junto con más de otras veinte respuestas fisiológicas diseñadas para prepararnos para defender y protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Estos cambios rápidos e involuntarios incluyen redirigir el flujo sanguíneo de los órganos digestivos y de la piel hacia los grandes músculos motores de la huida, junto con una respiración rápida y superficial y una disminución en la producción normal de saliva. Las pupilas se dilatan para incrementar la capacidad de los ojos para absorber más información. La capacidad coagulante de la sangre aumenta, mientras que la capacidad verbal disminuye. Los músculos se alteran enormemente, y a menudo causan que un niño tiemble. Por el contrario, cuando se enfrentan con una amenaza mortal o un estrés prolongado, ciertos músculos pueden colapsarse de miedo mientras que el cuerpo se bloquea dentro de un estado abrumado.
Cuando un niño o un adulto se siente incómodo con lo que le está sucediendo dentro (sus sensaciones y sentimientos internos), las mismas respuestas que tienen el propósito de darle una ventaja física se pueden volver realmente aterradoras. Esto es especialmente cierto cuando, debido al tamaño, edad u otras vulnerabilidades, uno no puede moverse o bien resultaría perjudicial hacerlo. Por ejemplo, un bebé o un niño pequeño no tienen la opción de correr y huir de un peligro o amenaza. Sin embargo, un niño mayor o un adulto, quienes normalmente podrían correr, por la circunstancia quizás sólo tengan la opción de quedarse muy quietos. No hay elección consciente. Estamos biológicamente programados para paralizarnos (o quedarnos colapsados) cuando la lucha o la huida resultan imposibles o se perciben como imposibles. La parálisis y el colapso son respuestas «por defecto» y de último recurso frente a una amenaza inevitable. A causa de la capacidad limitada de los bebés y los niños para defenderse a sí mismos, éstos son particularmente susceptibles a paralizarse y, por tanto, son vulnerables al trauma.
Lo que se debe comprender sobre la respuesta de parálisis es que, a pesar de que el cuerpo parece inerte, esos mecanismos fisiológicos que preparan al cuerpo para huir pueden estar todavía «completamente operativos». Los músculos que se prepararon para la acción en el momento de la amenaza se quedan en un estado de inmovilidad o «shock». Mientras se está en shock, la piel está pálida y los ojos parecen vacíos. La respiración es superficial y rápida, o simplemente superficial. El sentido del tiempo se distorsiona. Sin embargo, bajo esta situación de impotencia yace una enorme energía vital. Esa energía queda en espera para terminar cualquier acción que se haya iniciado. Además, los niños muy pequeños tienden a evitar las respuestas activas, y en lugar de eso se quedan inmóviles. Más tarde, aunque el peligro haya pasado, un simple recordatorio puede enviar las mismas señales de alarma exactas corriendo a través del cuerpo hasta que éste se bloquea.
A menos de que hayas experimentado personalmente la herida profunda de un trauma sexual, puede resultar difícil imaginar lo complejos, confusos y variados que pueden ser los efectos a largo plazo. Esto es especialmente cierto cuando el abuso fue perpetrado por alguien en quien el niño confiaba o incluso amaba. Cuando se roba la inocencia de un niño, esto afecta la autoestima, el desarrollo de la personalidad, la socialización y los logros. La violación durante una edad temprana causa estragos posteriormente en la intimidad de las relaciones de adolescente y adulto. Además, estos niños son propensos a síntomas somáticos, a la rigidez, incomodidad y vergüenza o a una pérdida/aumento excesivo de peso que nace de un intento consciente o inconsciente para «bloquear el acceso». Debido a que resulta doloroso estar completamente presente en sus cuerpos, estos niños tienden a vivir en un mundo de fantasía, y a tener problemas de atención, desconectarse, soñar despiertos y a (lo que los psicólogos llaman) la disociación. Éstos son los mecanismos de afrontamiento que mantiene compartimentada su terrible experiencia. Es así como sobreviven los niños abusados; y no se desarrollan de manera sana a menos de que se descubran y sanen sus heridas ocultas.
El abuso sexual de los niños conlleva el velo adicional del ocultamiento y la vergüenza. Además, menos del diez por ciento de la violencia la ejerce un desconocido. Debido a que a los niños generalmente los viola alguien que conocen y en quien confían, los síntomas están envueltos con la complejidad de las repercusiones de la traición. A menudo se les pide a los niños que mantengan la actividad en secreto o, lo que es peor, los amenazan con hacerles daño físicamente si lo cuentan.
Los niños, muertos de miedo, a menudo no nos lo dicen con palabras. Si su asaltante es una figura de autoridad, como uno de sus padres, entrenador, profesor o miembro del clero, los niños se echarán la culpa a sí mismos. Cargan la vergüenza que en realidad le corresponde al acosador. Frecuentemente ocultan su dolor porque temen el castigo, la venganza o que los demás se nieguen a creerlos. Tristemente, con demasiada frecuencia, eso es lo que ocurre.
Los niños no dicen que han sufrido un abuso a menos de que se les pregunte de una manera en la que ellos sientan que es seguro contarlo.
Ese sentir que es seguro contarlo, no pasa por entenderlo desde la cabeza o por una metodología de 3 pasos mágicos, pasa por concienciar a los chavales, que no están solos, que hay personas que han vivido estas experiencias, y que se puede, resucitar la parte que en ti ha sido dañada, desde un lugar de cuidado, empatía y aceptación. Siempre que se le de una visión y un lugar a ese grito silencioso que ahoga el alma en silencio aun que se tengan 10.000 likes y el Instagram más potente y popular.
En este encuentro que dura dos horas, lo que hago, es poner nombre y palabras al mundo interior que habita en una etapa del desarrollo que nuestros hijos lo que necesitan mas, es alejarse de los padres para encontrar su propia identidad y que aun que a nosotros nos cueste aceptarlo, es necesario y sano que así sea. Pero a la vez, como padres, no podemos acceder a según que áreas de su mundo interior.
Espero pues, que me permitan el honor de dar voz a un ángulo poco observado por incomodo y invitar a sus hijos a que se coloquen en una posición de escucha y atención para ampliar un poco mas su mundo interior, al menos seguro que con preguntas nuevas y un poco mas de cercanía a esa realidad que nos duele, su empatía y atención, será mas grande y pondrán voz a su propias experiencias, para poder así prevenir y visibilizar.
En que consiste el taller:
Este taller, esta compuesto por una charla coloquio en la cual se les pregunta y se ve que nivel de conocimiento y empatía, tiene el grupo.
Esta charla empieza con una historia de infancia, con fotos en el proyector de una infancia aparentemente normal.
Luego les pregunto a los chicos si creen que he venido hasta aquí, para contar solo eso.
Les cuento la historia subyacente a la contada.
Al contar esa verdad, no lo hago desde un lugar sensacionalista o re-traumatizante, sino de experiencia, verdad, y resiliencia, pero también, hay que decir, que contar esa parte, tiene que ver con un dolor y un recorrido, de una verdad incomoda y silenciosa, que condiciona tu camino, y les pido un respeto absoluto por lo invisible, por lo no mostrado, por lo que vivimos en silencio, mas allá del insti, de los colegas, de la fiesta, lo que nos habita en silencio, de cuando nos encontramos a nosotros mismos y les hago participar en su encuentro con esas dos partes, con ellos mismos.
De lo que representa ese espacio de tener secretos que nos duelen cuando respiramos la vida.
Porque, tod@s tenemos experiencias de vida que nos han marcado, igual, si no es en nosotros, es a través de un amigo o amiga que a cambiado y se ha encerrado en su mundo sin dejar que nadie entre.
El problema, no es solo lo que has vivido, sino lo que conlleva lo vivido, si no le das un lugar.
Yo doy lugar a lo mío, para que ellos se inspiren desde mi compartir de lo que sucede cuando alguien pone palabras a su sufrimiento.
Son temas delicados, pero importantes, porque se mezclan muchas cosas a la vez.
La mayor parte no lo hacemos porque tenemos miedo, porque nos sentimos indignos, muchas veces culpables de lo vivido, y esto nos bloquea y silencia.
Porque es alguien que igual no es tan malo.. alguien de nuestra familia o circulo de amigos..
También porque muchas veces sentimos culpabilidad, incomodidad, que traicionamos…
Tenemos el derecho absoluto de poder hablarlo a dar un nombre y un apellido quien nos a roto una parte de nosotros, para poder reconstruirnos con mas fuerza.
Este taller sirve para dar voz y trabajar la empatía, los limites y la fortaleza de mostrar partes nuestras vulnerables.
Los Chic@s, tienen que traer un pote de cristal vacío, sin etiquetas y les pido que pongan a dentro todo aquello que les duele en silencio, y que esconden.
Les pido que escriban en papeles, lo que se les vaya ocurriendo, que igual no es tan agradable.
Ese bote representa su propio mundo interior desde lo que les limita por contenerlo.
Es como vivir la vida sin libertad.
La finalidad principal, es la esperanza, y la fuerza de a pesar de todo, aprender del dolor y valorar más la vida y la belleza de este mundo dual.
También hay que decir que la dinámica del taller, no es exacta según necesidades del grupo.
Por ultimo, y después de la ronda de preguntas y se cierra el taller.
Agradeciendo su escucha.
Público al que va enfocado el taller
1º y 2º de Bachillerato
Edades comprendidas de 15 a los 17 años.
Si el aforo supera los 25 niños, tiene que ser en un salón de actos y con equipo de sonido.
MATERIAL NECESARIO:
proyector
Cada alumno tiene que traer un pote transparente, cristal o plástico.
Trozos de hojas blancas y un bolígrafo.
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